La destreza de transformar las uvas en vino no entiende de fórmulas ni de barreras. Desde los antiguos lagares de piedra hasta las modernas vasijas de hormigón en forma de huevo, el ser humano ha buscado, a lo largo de los siglos, los recipientes más adecuados para elaborar y conservar el vino.
El uso de las ánforas, en sus diferentes variantes, está lejos de ser una técnica novedosa. Mucho antes de que las barricas de roble se consolidaran como el recipiente por excelencia de la crianza, las civilizaciones antiguas ya empleaban ánforas de barro y recipientes de granito para la fermentación, conservación y transporte del vino.
En la actualidad, el resurgimiento de estos recipientes responde al interés de muchos elaboradores por recuperar métodos tradicionales de vinificación. Las ánforas permiten una microoxigenación similar a la de la madera, pero sin aportar aromas ajenos a la uva, favoreciendo así una expresión más pura del terruño y de la variedad. De este modo, tradición e innovación convergen en una práctica que, lejos de ser una moda, recupera un legado enológico con miles de años de historia.
















